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Es común escuchar en una discusión sobre algún punto en particular decir: es que el problema es irse al extremo.

El problema no son los extremos.

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Dos amigos discuten sobre ser cuidadoso de la salud, hacer ejercicio y vivir con disciplina. Uno está diciendo al otro que es bueno ser así, cuidadoso del cuerpo. Otro le refuta que hay mucha gente que está adorando su figura y que por eso se "matan" en el gimnasio para mantenerla. Este último pretende cerrar la conversación diciendo: el problema es irse al extremo.

El otro día, alguien habla de ser un padre protector, que está pendiente de sus hijos, que sabe a qué horas regresan, conocen a sus amigos y les tienen "bien cortitos". El otro padre le dice que los hijos necesitan libertad, que deben saber que confiamos en ellos y que no debemos andar "pateándoles la cola". Ambos defienden sus posiciones y casi parece un debate, hasta que alguien dice: el problema es irse al extremo.

Puedo seguir dando ejemplos de este tipo de conversaciones con posiciones casi opuesta, o digamos, muy diferentes sobre: trabajo con jóvenes, la vida devocional, la música, el amor romántico, la profesión, la política, la forma de administrar el dinero, cómo vivir la vida, la lectura de la Biblia, la predicación literal o simbólica, puntos doctrinales,  y muchos otros aspectos en los que más de alguna vez hemos participado en discusión.

Pues bien, la frase es: el problema son los extremos. Creo que esta bendita frase nos ha salvado de confrontaciones más duras y de ser golpeados (¡casi!), pero he advertido su uso en otras cosas como la postura sobre los principios eternos, la responsabilidad en el trabajo, la excelencia en lo que hacemos. Y es ahí en donde creo que nos ha afectado mucho, quitándonos la pasión por vivir en la cumbre.

La frase se ha insinuado y ha llegado a ser una excusa para la mediocridad. Verás, la vida requiere de un grado de extremo en lo que hacemos. Nunca las cosas extraordinarias fueron producidas por acciones promedios o medianas. Mira a los excelentes pianistas ejecutar una pieza de Bach o Bethoven, son en verdad extremos en su perfección, en su exactitud y en su énfasis. O los atletas en los competencias de gimnasia. Sus músculos son llevados a un extremo y su actitud mental y física está optimizada para intentar hacer una ejecución perfecta.

Mi punto en sencillo, el problema no son los extremos, el problema son las tergiversaciones que hacemos de lo que fue originalmente excelente.

Lo importante aquí es ser consciente que si queremos lograr vivir con excelencia, tenemos que dejar esa vana ilusión de vivir en equilibrio. No puede haber equilibrio cuando la vida está en juego, cuando la honestidad de una persona es vendida por poco, cuando el país necesita acciones contundentes para vivir en rectitud.

Yo reto a los jóvenes a ser extremos sobre cosas como creer lo que Dios dice en su palabra, extremos en amar a sus semejantes, extremos en estudiar sus carreras, extremos en decidir a cortar por lo sano, extremos a practicar los valores de la amabilidad, la compasión y la solidaridad. Hay solo una vida que puedo vivir, dijo el pastor Carlos, y quiero gastarla en el Reino.  ¡Eso es vivir en extremo!.
 

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